EL DESPERTAR DEL CALBUCO

April 25, 2015

 

FRUTILLAR (Chile), 24 de abril de 2015 – Hasta ahora, nunca había podido capturar un fenómeno natural tan imponente como una erupción volcánica. Chile cuenta con unos noventa volcanes activos que de vez en cuando, sin previo aviso, entran en acción generando estruendos naturales de una imponencia tal que todo fotógrafo sueña con presenciar. Pero Chile es un país inmensamente largo y estrecho, y los vuelos nacionales suelen cancelarse cuando hay peligro volcánico. Eso significa que la mayoría de las veces, para llegar al lugar de una erupción es necesario manejar durante horas. Y lo más probable es que cuando llegas, el volcán ya se ha apagado. 

Ya me había pasado durante la erupción del Chaitén en 2010, que sucedió cuando estaba en Perú cubriendo una cumbre internacional, y también en la del Cordón Caulle el año siguiente, cuando otra vez estaba en Perú para las elecciones presidenciales. Luego, en marzo pasado no llegué a tiempo cuando se produjeron las dos erupciones del volcán Villarrica, a unos 700 kilómetros de Santiago, donde estoy radicado. Apenas conseguí fotografiar un puñado de cenizas, lo causándome gran frustración.

 

El 22 de abril, el gobierno chileno decretó la alerta roja y ordenó la evacuación de los alrededores del volcán Calbuco, a unos 900 kilómetros al sur de Santiago, que acababa de entrar en erupción tras haber permanecido dormido durante 54 años. Eran las seis de la tarde. Sobre las ocho, el periodista de la AFP Miguel Sánchez y yo emprendimos un viaje por carretera de unas diez horas, con la esperanza de llegar al volcán antes de que todo hubiera terminado.

 

 Mientras viajábamos, llamé a varios conocidos en Puerto Varas, la localidad más cercana al Calbuco. Conseguí que una amiga sacara fotos del volcán con su teléfono móvil y me las enviara. Las transmití desde el carro a nuestra oficina regional para Latinoamérica, en Montevideo, utilizando mi propio celular. Más tarde logré entrar en contacto con un fotógrafo profesional que se encontraba en la zona del volcán para que nos vendiera unas cuantas imágenes del cataclismo con mayor calidad. Así estábamos cubiertos: la AFP ya podía ofrecer a sus clientes una amplia serie de fotos estremecedoras de la erupción. Pero claro, eso no me quitaba las ganas de llegar a tiempo para captar el fenómeno con mi propia cámara.

 

Poco antes de las cinco de la madrugada decidimos parar en Frutillar, un pueblo en la orilla del Lago Llanquihue. El cielo estaba despejado y este era el primer punto de nuestro viaje desde el cual podríamos avistar el volcán, situado a unos 20 kilómetros al otro lado del lago. La panorámica sería un poco menos impresionante que desde Puerto Varas, más hacia el sur. Pero no íbamos a correr el riesgo de perdernos el espectáculo si el volcán decidía de repente volverse a dormir o si caía la niebla mientras recorríamos el último tramo de nuestro largo viaje.

 

Fue una decisión acertada. Todavía era de noche, hacía un frío increíble y no las calles del pueblo estaban desiertas. Se acababa de terminar el toque de queda que las autoridades habían decretado para impedir los saqueos y los disturbios que pueden ocurrir durante las situaciones de pánico (como sucedió tras el devastador terremoto de 2011). Estábamos absolutamente solos frente al volcán en plena cólera, lejos del otro lado del lago. Se oían violentas explosiones, el cráter escupía chispas y de vez en cuando un rayo volcánico iluminaba la oscuridad. Este fenómeno ocurre cuando las rocas y las cenizas calientes que salen despedidas del volcán chocan entre sí, produciendo electricidad estática.

 

Las fotos que tomé son el resultado de una exposición larga, de unos treinta segundos de duración. Como captaron todo lo que pasó en el cielo durante ese tiempo, son muchísimo más impresionantes que lo que veía el ojo humano desde la orilla del lago. Tras dos intentos frustrados este año, por fin tenía en mi cámara las imágenes de un fenómeno geológico que tanto había deseado capturar.

 

Unos veinte minutos después de nuestra llegada, la erupción del volcán Calbuco cesó. Lo logramos en la raya, pero como dice el refrán: A la tercera va la vencida.

 

 

 

 

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